Todo comenzó con una lectura recomendada sobre fotografía, al llegar al ensayo sobre August Sander, me sentí un poco intrigado al leer las reflexiones de Berger sobre la relación vestimenta-cuerpo y la clase social a la que pertenece, esto, a inicios del siglo XX. En la reflexión de Berger, menciona como la vestimenta de un individuo va acorde a su experiencia, formación social y función.

A partir de un par de fotografías de Sanders: Banda de pueblo 1913 y Jóvenes granjeros 1914, menciona como los cuerpos no corresponden a la vestimenta, según Berger, la vestimenta confirma, realza y preserva la identidad física acorde a la clase social.

Y aunque esto ha cambiado ligeramente en el siglo XXI, nadie se escapa a los códigos de vestimenta acorde a su contexto, formación social y función, como menciona Berger. La ropa cumple varias funciones, una de ellas es rescatar el último rincón de nuestra individualidad, expresar nuestra personalidad a través de cómo vestimos, aunque no siempre podemos ser nosotros mismos en cualquier situación. Vivimos en una sociedad donde las apariencias son la carta de presentación de los individuos. Uno lleva traje a una entrevista de trabajo o a una junta importante, usa ropa deportiva para ir al “gym” o unos jeans para una reunión informal con los amigos.

Nos vestimos en función del espacio y el contexto donde llevamos nuestras actividades diarias. Sobre estos códigos de vestimenta, agregamos detalles de nuestra personalidad en cada conjunto, ya sea con variaciones de color o estilos, pero sin romper el protocolo de vestimenta o llevarlo al límite, es decir, somos nosotros mismos dentro de lo que podemos.

Las relaciones de clase y el contexto que afecta nuestra libertad de ser, expresarnos o vestirnos, varía en cada individuo. Para una persona que vive en la pobreza, sus posibilidades de elección son nulas, sus prioridades van en función de sus necesidades básicas. Conforme escalamos en la pirámide de Maslow, va creciendo nuestro abanico de elecciones o grado de libertad y este se ve afectado por otros factores, por ejemplo, un abogado tiene que vestir traje en su oficina y conforme sube su status social y económico, debe tener un traje más caro.

Estos protocolos no escritos tienen su origen en la historia de la moda, a partir de la Edad Media, surge la primera división en códigos de vestimenta, primero para diferenciar el género, así un vestido exaltaba la forma del cuerpo femenino: senos, cintura y cadera; la vestimenta para hombres exalta los atributos masculinos: el pene. En segundo lugar para diferenciar la clase social, un aristócrata de un plebeyo y después la burguesía empezó a competir directamente con la clase dirigente. Entonces la clase dominante reafirma su identidad y conforme vamos descendiendo en la escala social, príncipes o señores feudales, se quiere imitar a los reyes y los burgueses compiten por parecer clase noble y el resto de la población pues no tiene elección realmente.

Así empieza la moda y los estereotipos, por un lado, las clases con poder económico demuestran su status y poder a través de su vestimenta, renuncian al pasado en busca de lo nuevo, de reafirmar modelos de pensamiento, filosofía y arte que van del renacimiento a nuestros días. Sin embargo persiste la pregunta ¿porqué nos vestimos como nos vestimos? Hoy es más complejo responder, consumimos con base en diversos factores. La Alta Costura o prendas de diseño ya no son las que imponen las tendencias, en realidad su mercado es bastante pequeño, esto sólo confirma la gran desigualdad en la que vivimos. Las grandes firmas como Channel entre otras, no atienden a más de 3000 clientes en todo el mundo, curiosamente estas firmas se mantienen de perfumes, espectáculos y licencias.

La moda rápida, el ready to wear y el prêt-à-porter (ropa industrializada con diseño) son en realidad nuestras opciones junto con un par más de tendencias como el sportswear y aunque las tendencias vayan cambiando de nombre, lo cierto es que nuestro rango de elección obedece a una gran maquinaria publicitaria al servicio de la manufactura industrializada y el capitalismo. Aunque el pretender o imitar no ha cambiado hoy en día. Los actuales diseñadores deben ser sensibles al mercado, estar al tanto del mundo de la farándula y ver que usa la gente en ciertos sectores.

Levi Strauss, confeccionó los jeans como los conocemos hoy en día, su mercado era el obrero de California y después representaron a un pequeño grupo de jóvenes rebeldes un movimiento y una forma de pensamiento, la música rock y la contracultura, pero el sistema asimila todo y lo vuelve un estereotipo para vender más, ahora los jeans representan el pináculo de la globalización. El algodón puede venir de Medio Oriente o África, la manufactura de China y la marca de Inglaterra.

Aparentemente tenemos un número infinito de posibilidades para combinar nuestra indumentaria con la oferta del mercado y toda la inercia de la moda hasta nuestros días, sin embargo uno se va encerrando en “lo que debe ser” o “cómo vestir” por factores externos a nosotros mismos. No pretendo crear una revolución en contra de los códigos de vestimenta y los protocolos sociales, sólo creo que el hecho de reflexionar sobre cómo te vistes y porqué, te hace un poquito más libre, por esto, decido vestirme simbólicamente, no pretender o imitar, moderar mi consumo de ropa y darle un uso por su tiempo de vida útil y no por estar a la moda.

Para entender la fotograía, John Berger

El imperio de lo efímero, Gilles Lipovetsky

La doble vida de los jeans, Andrew Brooks

Moda toda la historia, Marnie Fogg